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Casa del antiguo boticario
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Casa del antiguo boticario

Plazas y Rincones Emblemáticos

Hay casas en Covarrubias que guardan algo dentro que no te esperas, y esta es la campeona: detrás de una fachada discreta, con un azulejo pintado a mano a nombre del Ldo. D. Luis Martínez del Valle, se conserva una farmacia de pueblo entera, con su mostrador, sus balanzas de latón y centenares de frascos que todavía llevan escrito lo que llevaban dentro. Entrar es cruzar cien años hacia atrás de golpe: huele a madera, a botica y a otra manera de curar.

La Casa del antiguo boticario no es un museo grande ni pretende serlo. Es un rincón conservado con mimo por la familia, y esa es exactamente su gracia: no hay vitrinas frías ni cartelería de museo, sino una botica tal y como se quedó, con la rebotica al fondo, donde de verdad se preparaban las fórmulas.

Lo imprescindible: ¿qué no te puedes perder?

Es un sitio de mirar despacio y de fijarse en los detalles pequeños. Estos son los que más impresionan:

  • El cartel de "FARMACIA" y el mostrador: presidiendo el arco que separa la tienda de la rebotica, con las balanzas de latón y la balanza de precisión en su urna de cristal, todo colocado como si fueran a abrir mañana.
  • La pared de frascos originales: estanterías enteras de vidrio ámbar y transparente con sus etiquetas de época todavía legibles —Digital, Nuez de Kola, Alcanfor, Esencia de Limón, Peptona, tinturas alcohólicas—, muchos aún con producto dentro.
  • El cajonero de las plantas medicinales: decenas de cajoncitos con placas esmaltadas de agar-agar, artemisa, abrótano, cantueso, colofonia, beleño, lúpulo, quebracho, ruibarbo o quina. Leerlos uno a uno engancha más de lo que parece.
  • La rebotica: mesa de trabajo con plumas de escribir, quinqué, damajuana de vidrio, libros antiguos y un botiquín portátil de viaje abierto sobre el mostrador de mármol.
  • La Copa de Higía: la copa con la serpiente, símbolo de la profesión farmacéutica, aparece pintada en las puertas de los armarios, en el frente del mostrador y en el azulejo de la fachada, encima del nombre del boticario. Un juego de buscarla por toda la casa.

¿Cuánto tiempo se necesita para visitar la Casa del antiguo boticario?

Con veinte o treinta minutos se ve bien y sin agobios. Es una visita corta en metros y larga en detalles: se entra pensando en echar un vistazo rápido y se acaba delante del cajonero leyendo nombres de plantas que nadie ha oído nunca. Si te lo cuentan con calma, se va fácilmente a los tres cuartos de hora.

¿Qué curiosidad o leyenda esconde la Casa del antiguo boticario?

Que en esos cajoncitos tan monos hay cosas que hoy no te darían ni con receta. Entre las placas esmaltadas conviven remedios inofensivos con beleño, cáñamo índico, digital o azufre: sustancias que en la dosis justa curaban y en la dosis siguiente mataban. Ese era el oficio del boticario, y por eso pesaba cada preparado en balanzas de precisión y anotaba las fórmulas a mano en sus cuadernos. La botica de pueblo era, literalmente, un sitio donde el gramo marcaba la diferencia.

¿Es la Casa del antiguo boticario una farmacia en funcionamiento?

No. Es una botica histórica conservada, no una farmacia activa: aquí no se despacha nada ni se atiende a nadie. Todo lo que se ve —mobiliario, frascos, cajoneros, instrumental— pertenece al oficio tal y como se ejercía antes de que llegaran los medicamentos industriales en caja, cuando cada jarabe, cada pomada y cada píldora se preparaba a mano en la trastienda.

¿Se puede entrar en la Casa del antiguo boticario?

Sí, pero conviene saber que es una casa particular, no un equipamiento municipal con puerta siempre abierta. La botica se enseña cuando hay alguien de la familia para abrirla y contarla, así que lo suyo es preguntar al llegar al pueblo y no darlo por hecho. La buena noticia es que, cuando toca, la visita es guiada y de tú a tú: eso vale más que cualquier panel explicativo.

¿Quién fue el boticario de la Casa del antiguo boticario?

Su nombre sigue ahí, a la vista de todo el que pasa: el azulejo de la fachada, pintado a mano y rematado con la Copa de Higía entre ramas de laurel, dice "Antigua Botica — Ldo. D. Luis Martínez del Valle". Ese era el titular de la farmacia, el licenciado que despachaba detrás de este mostrador y que preparaba a mano, en la rebotica del fondo, lo que hoy se compra en caja. En los pueblos el boticario no era solo quien vendía el remedio: era quien lo fabricaba, quien lo dosificaba y, muchas veces, el primero al que se preguntaba antes que al médico.

¿Merece la pena visitar la Casa del antiguo boticario con niños?

Bastante más de lo que suena. No hay que leer nada largo ni entender ningún estilo artístico: hay cajones con nombres rarísimos, frascos de colores, balanzas de platillos y una serpiente enroscada en una copa escondida por media casa. Funciona muy bien como juego de buscar y descifrar, y para los adultos es de las paradas que más se recuerdan de todo lo que ver en Covarrubias.

La Casa del antiguo boticario de Covarrubias es una vivienda particular del casco histórico en cuyo interior se conserva, íntegra y en su disposición original, una oficina de farmacia rural de tipología tradicional: local de despacho con anaquelería corrida y mostrador, arco de comunicación rotulado y rebotica o laboratorio de formulación al fondo. No se trata de un museo de titularidad pública ni de una institución con estatuto museístico reconocido, sino de un conjunto de cultura material del oficio farmacéutico conservado por particulares. Su interés no reside en el continente —un inmueble doméstico sin singularidad arquitectónica documentada— sino en el contenido: mobiliario de botica, cajonería de simples con rotulación esmaltada, fondo de albarelos cerámicos y frascos de vidrio con etiquetado de época, e instrumental de pesada y elaboración.

Naturaleza del inmueble, titularidad y estado de documentación

El punto de interés corresponde a una propiedad privada habitada. Por ese motivo, y siguiendo el criterio general de este portal, esta ficha no describe la fachada, los accesos ni la distribución de la vivienda, y se limita a los elementos de dominio público y al valor memorialístico del conjunto: el rótulo exterior, visible desde la vía pública, y la botica conservada, que se muestra cuando la propiedad lo permite.

El estado de documentación del conjunto es, a día de hoy, escaso, y conviene decirlo con claridad en lugar de rellenar el hueco con suposiciones. No consta —al menos en fuentes públicamente accesibles— ninguna declaración de Bien de Interés Cultural, inclusión en el Inventario de Bienes del Patrimonio Cultural de Castilla y León ni catalogación específica del inmueble o de su fondo. Tampoco se conoce monografía, catálogo de piezas ni estudio publicado sobre la colección. Las únicas referencias localizadas son de carácter divulgativo (crónicas de viaje y repositorios fotográficos), sin aparato crítico. Todo lo que esta ficha describe a continuación procede, por tanto, de la observación directa del conjunto y de la identificación de las piezas y rotulaciones visibles, no de una fuente documental secundaria.

El régimen de acceso es el propio de una casa particular: la botica se enseña de forma guiada por la propiedad y no responde a un calendario de apertura equiparable al de un equipamiento municipal. Los datos de visita, cuando existan, se recogen en los campos de información práctica de esta misma ficha y no en este texto.

El rótulo cerámico de fachada y la titularidad histórica de la botica

El único elemento del conjunto visible desde el espacio público es una placa cerámica esmaltada, de formato rectangular apaisado y fondo blanco, empotrada en el paramento enfoscado de la fachada entre dos elementos de entramado de madera pintados en oscuro. La pieza está pintada a mano y presenta el siguiente programa: en la parte superior, la Copa de Higía —copa con serpiente enroscada— en amarillo dorado, flanqueada por dos ramas de laurel en verde; bajo ella, la leyenda, en letra cursiva inglesa de trazo grueso y fino contrastado, distribuida en tres líneas.

La inscripción, transcrita literalmente, dice:

  • "Antigua Botica" — primera línea.
  • "Ldo. D. Luis Martínez Del Valle" — segunda y tercera línea, con la abreviatura Ldo. de "Licenciado" y el tratamiento D. de "Don".

En el ángulo inferior derecho, en cuerpo mucho menor y en la misma cursiva, figura la firma del taller ceramista que ejecutó la pieza. La placa es, por tanto, un rótulo conmemorativo de factura reciente, no un letrero histórico de la farmacia: identifica el inmueble y fija la memoria del titular, pero no debe interpretarse como epigrafía de época. Es, aun así, el único testimonio explícito y estable del nombre del boticario que da sentido al conjunto: el licenciado Luis Martínez del Valle, titular de la oficina de farmacia. No se dispone de fuente que precise sus fechas de ejercicio, su formación ni el periodo exacto de actividad del establecimiento, de modo que esta ficha no las consigna.

Disposición interior: oficina de despacho y rebotica

El conjunto reproduce la partición canónica de la farmacia tradicional española en dos ámbitos comunicados: la oficina de despacho, de cara al público, y la rebotica o laboratorio, donde se preparaban las fórmulas. Ambos espacios se articulan mediante un arco de medio punto abierto en el muro divisorio, coronado por un rótulo de madera en negro con la palabra "FARMACIA" en letra capital blanca de tipo egipcio o con remates. El paramento del arco está tratado en tono almagre.

La oficina de despacho se organiza mediante anaquelería corrida en madera, adaptada al trazado curvo de la estancia, con estantes de balda recta separados por pilastras acanaladas y estriadas rematadas en cornisa. El cuerpo bajo de la estantería se resuelve con cajonería de frente en tono granate y tirador circular. Preside la sala una mesa-mostrador de madera oscura, de tablero recortado en curva y faldón perfilado, sobre la que se disponen los instrumentos de pesada: dos balanzas de cruz de platillos de latón sobre cajas de madera con juego de pesas alojado en su frente, un timbre de mostrador y una balanza analítica de precisión protegida por urna de cristal con montura de madera. El pavimento es de baldosa cerámica de barro cocido colocada a espiga en un ámbito y a junta corrida en otro; el techo, revestido con acabado pictórico en verde y en azul según la sala, incorpora un rosetón de escayola de motivo vegetal del que pende una lámpara de brazos de latón con tulipas de vidrio opalino plisado. Completa el ambiente una columna de fuste liso con basa y capitel tratada en imitación de mármol rosado.

La rebotica, al otro lado del arco, conserva la mesa de trabajo del farmacéutico: tablero de madera oscura sobre el que se disponen plumas de escribir, tintero, quinqué de petróleo con depósito de vidrio, un bocal o damajuana de vidrio soplado de gran formato y un juego de pesas de columna. Junto a ella, un mostrador de tapa de mármol con un botiquín portátil de viaje abierto —caja de madera con alojamientos individuales para frascos— y un libro registro. La estantería de esta sala combina baldas abiertas, vitrina de vidrio para material de laboratorio (probetas, embudos, matraces) y un cuerpo central rematado por una venera o concha gallonada policromada con angelotes, de gusto barroquizante, así como un marco tallado y dorado de rocalla que aloja una imagen devocional. Se trata, en ambos casos, de elementos de reaprovechamiento decorativo, no de piezas del utillaje farmacéutico.

El fondo de recipientes: albarelos cerámicos y frascos de vidrio

El fondo conservado se reparte en dos familias de envase claramente diferenciadas, correspondientes a dos maneras y dos momentos de almacenar la materia médica.

  • Albarelos cerámicos: botes de farmacia de perfil troncocónico o de talle entrante y boca ancha, en loza vidriada blanca. Se conservan ejemplares con decoración en azul de cobalto de tipo talaverano, ejemplares con decoración polícroma con figuras y escenas sobre fondo rosado o verde, y series con rotulación caligráfica del contenido en cartela. Muchos conservan su tapa cerámica. Una de las estancias reúne varios centenares de albarelos de un mismo modelo alineados en batería sobre anaquelería curva, un efecto de acumulación que constituye por sí mismo uno de los golpes de vista del conjunto.
  • Frascos de vidrio de laboratorio: envases cilíndricos de vidrio topacio (ámbar, para productos fotosensibles) y de vidrio incoloro, con tapón esmerilado de vidrio —de cabeza plana, de seta o de bola— y, en los formatos pequeños, tapón de corcho o de baquelita. Buena parte conserva la etiqueta original impresa o manuscrita, y no pocos mantienen producto en su interior: sólidos pulverulentos blancos, ocres y rojizos, y líquidos de coloración ambarina, verdosa o rojiza. Aparecen igualmente recipientes de vidrio azul cobalto de gran formato, característicos del escaparate de botica.

A estas dos familias se suma la cajonería de simples: un cuerpo de mueble de numerosos cajones de pequeño formato, con tirador de latón torneado y placa identificativa esmaltada sobre metal, de fondo blanco y letra capital negra, fijada con tornillos a cada frente. Es el sistema clásico de almacenaje de drogas vegetales secas, que exigen recipiente opaco, seco y ventilado, frente al vidrio empleado para líquidos, extractos y productos químicos.

Drogas y simples identificados en la rotulación conservada

La rotulación de la cajonería y de los frascos permite reconstruir buena parte del arsenal terapéutico de una farmacia rural anterior a la generalización del medicamento industrial. Se relacionan a continuación los rótulos legibles, con la identificación de la materia prima a la que corresponden. La lista es parcial: recoge únicamente lo que resulta legible con seguridad, y no sustituye a un inventario técnico del fondo.

Entre las drogas vegetales de la cajonería:

  • Quina Loja y Quina calisaya: cortezas de Cinchona, base de los preparados antipiréticos y tónicos amargos, y materia prima de la quinina.
  • Ruibarbo (Rheum), raíz de jalapa (Ipomoea purga) y crémor —crémor tártaro, bitartrato potásico—: purgantes y laxantes de uso corriente.
  • Corteza de granado y semilla de calabaza: tenífugos clásicos, empleados contra la tenia.
  • Hoja de beleño (Hyoscyamus niger) y cáñamo índico (Cannabis indica): drogas de acción sobre el sistema nervioso, oficinales en la farmacopea de la época y sometidas a dosificación estricta.
  • Lúpulo (Humulus lupulus), cantueso (Lavandula stoechas), artemisa (Artemisia vulgaris) y abrótano (Artemisia abrotanum): sedantes suaves, aromáticas y amargos digestivos.
  • Centaura (Centaurium erythraea) y cuasia (Quassia): amargos tónicos y eupépticos.
  • Quebracho (Aspidosperma quebracho-blanco) y kola (Cola): antiasmático el primero, estimulante el segundo.
  • Raíz de polígala (Polygala senega) y mático (Piper angustifolium): expectorante y astringente-hemostático respectivamente.
  • Ortiga (Urtica), saponaria (Saponaria officinalis), arenaria rubra (Spergularia rubra), flor de saúco (Sambucus nigra) y corteza de viburno (Viburnum).
  • Adonis vernalis y solano (Solanum): drogas de acción cardiotónica y sedante, también de manejo delicado.
  • Palo de Campeche (Haematoxylum campechianum) y colombo (Jateorhiza palmata).

Entre los productos minerales, químicos y de origen animal, en cajonería y en frasco de vidrio:

  • Agar-agar y cola de pescado (ictiocola): agentes gelificantes y excipientes.
  • Azufre, alcanfor y colofonia: uso dermatológico, revulsivo y de emplasto.
  • Fosfato monocálcico, bicálcico y tricálcico, peptona y hemoglobina: reconstituyentes característicos de la formulación de finales del siglo XIX y primer tercio del XX.
  • Digital (Digitalis, en polvo y en tintura alcohólica): cardiotónico de margen terapéutico estrecho, de ahí la necesidad de pesada de precisión.
  • Tanalbina (compuesto de tanino y albúmina, antidiarreico), bromuros (sedantes), yodoformo (antiséptico) y cloroformo.
  • Tartrato sódico-potásico (sal de Seignette), bisulfato, ácido cítrico y esencia de limón.
  • Serie de tinturas alcohólicas rotuladas como tales —entre ellas las de quina y digital—, en frasco topacio y con nivel de líquido aún visible.

El conjunto documenta con precisión el tránsito de la farmacia galénica a la farmacia química: la cajonería de drogas vegetales, propia del boticario que trabajaba a partir de la planta seca, convive en la misma sala con los frascos de sales, fosfatos y principios activos aislados que anunciaban ya el medicamento de laboratorio.

Simbología profesional: la Copa de Higía

El emblema que se repite por todo el conjunto es la Copa de Higía —copa o cáliz con una serpiente enroscada al pie y asomada al borde—, símbolo internacional de la profesión farmacéutica, tomado de Higía o Hygieia, diosa griega de la salud e hija de Asclepio, a la que la iconografía clásica representa alimentando a la serpiente en una pátera. Conviene distinguirlo del bastón o vara de Asclepio (una sola serpiente sobre un bastón), propio de la medicina, y del caduceo de Hermes (dos serpientes y alas), que no es un símbolo sanitario pese a su uso extendido.

En este conjunto la Copa de Higía aparece, al menos, en los siguientes soportes:

  • En la placa cerámica de fachada, en amarillo dorado entre ramas de laurel.
  • Pintada en dorado sobre las puertas del armario central de la rebotica, en composición simétrica de dos emblemas afrontados.
  • En el frente del mostrador de mármol, en gran formato.
  • En un costado de la cajonería de simples, en gris y oro.
  • En la decoración de un bocal o tarro cerámico de la rebotica, dentro de cartela.

Elementos de datación y cuestiones abiertas

En ausencia de documentación de archivo, la datación del fondo debe apoyarse en los propios objetos. Los indicadores disponibles apuntan a un establecimiento activo en el primer tercio y mediados del siglo XX, con piezas cerámicas que pueden ser anteriores: la presencia de fosfatos, peptonas y hemoglobina como reconstituyentes, el etiquetado impreso de los frascos de vidrio, la tipología de la balanza analítica y el propio mobiliario son coherentes con ese marco. Al menos una de las etiquetas conservadas corresponde a un laboratorio alemán cuya razón social solo estuvo vigente durante un intervalo acotado de los años treinta, lo que ofrecería un valioso punto de anclaje cronológico; este dato queda aquí consignado como pista de trabajo y no como fecha confirmada, a la espera de verificar la etiqueta original.

Una crónica divulgativa publicada en 2016 sitúa la conservación del conjunto en manos de un descendiente directo de un farmacéutico de la villa y menciona que el título profesional del bisabuelo se expidió pocos días antes del inicio de la Guerra Civil, en julio de 1936. Se recoge aquí por su interés, pero como referencia no verificada: no se ha localizado documento que la respalde ni consta que ese titular sea el mismo que figura en la placa de fachada.

Quedan, por tanto, abiertas las siguientes cuestiones, que esta ficha prefiere declarar antes que resolver por conjetura: fechas de apertura y cierre de la oficina de farmacia; datos biográficos y de colegiación del licenciado Luis Martínez del Valle; procedencia del mobiliario —si es el original del establecimiento o si procede de otras boticas—; alcance de la restauración a la que se ha sometido la anaquelería, que presenta repintes y filos dorados de factura reciente; y naturaleza y origen de la serie de albarelos idénticos de una de las salas. Cualquiera de estos extremos, si el propietario los aporta, es incorporable a esta ficha.

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