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Monumento a Doña Lambra
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Monumento a Doña Lambra

Una mujer de piedra, de pie, dentro de una torre almenada que le hace de marco. Es el Monumento a Doña Lambra de Barbadillo del Mercado, y no está aquí por casualidad: según la leyenda de los Siete Infantes de Lara, esta villa era su heredad, y aquí ocurrió la ofensa que desencadenó una de las historias de venganza más sangrientas de la literatura castellana. El pueblo levantó este conjunto en 1998 para reconocerlo, y la placa lo resume mejor que nadie: doña Lambra vivió «entre la historia y el mito».

Lo imprescindible: ¿Qué no te puedes perder?

El monumento tiene más partes de las que parece a primera vista, y cada una está puesta con intención:

  • La estatua de doña Lambra: la figura central, de pie sobre un pedestal, con toca y manto. Obra del escultor Ricardo Santamaría, que la resolvió sin caer en la caricatura de la villana: es una señora de su tiempo, no un monstruo.
  • La torre almenada: el cuerpo de piedra que la enmarca, rematado en almenas y con un escudo en lo alto. No es decoración: evoca el palacio y el señorío que la leyenda le atribuye en este pueblo.
  • Los dos relieves laterales: las dos placas talladas y enmarcadas en rojo que flanquean la figura. Son la parte narrativa del conjunto y merecen que te acerques a mirarlas de cerca.
  • La placa del pedestal: léela entera. Es una declaración de intenciones notable, porque no afirma que doña Lambra fuera real: la sitúa «entre la historia y el mito» y remite a los sucesos que acabaron en la traición a los Lara y la venganza de Mudarra, en el siglo X.
  • La fuente de al lado: fíjate en el arco. Es de herradura y con las dovelas alternadas en rojo y blanco, es decir, una cita visual directa al arte andalusí. Y no parece casual, porque la venganza de esta historia llega desde Córdoba.

¿Cuánto tiempo se necesita para ver el Monumento a Doña Lambra de Barbadillo del Mercado?

Diez o quince minutos, y aquí la mayor parte del tiempo no se va en mirar, sino en leer y entender. Si no conoces la leyenda de los Siete Infantes de Lara, el monumento es una señora de piedra en una torre; si la conoces, es otra cosa completamente distinta.

Está en un rincón ajardinado con cipreses y bancos, a poco más de cincuenta metros de la iglesia de la Trinidad y en el mismo casco urbano, así que no supone ningún desvío.

¿Qué leyenda esconde el Monumento a Doña Lambra de Barbadillo del Mercado?

La mejor y la peor de todas: aquí empezó la matanza de los Siete Infantes de Lara.

Doña Lambra estaba casada con Ruy Velázquez, y esta villa era heredad del matrimonio. Sus sobrinos políticos eran los siete infantes, hijos de Gonzalo Gustioz y de doña Sancha, hermana de Ruy Velázquez. La cosa venía torcida desde la propia boda, donde ya había corrido la sangre.

Y entonces, en Barbadillo, ocurrió el episodio del cohombro, que suena a chiste y es una declaración de guerra. Los infantes andaban de caza por aquí; el menor, Gonzalo González, se bañó en el río, y doña Lambra lo tomó como una provocación. Su respuesta fue mandar a un criado que le arrojara un cohombro —un pepino— empapado en sangre. En los códigos de la época eso no era una travesura: era una humillación pública de las que no se perdonan.

Los infantes fueron a por el criado. El hombre corrió a refugiarse bajo las faldas de doña Lambra, buscando amparo en la persona de su señora, y lo mataron allí mismo. Manchar de sangre a la señora en su propia casa era una afrenta todavía mayor que la del cohombro.

Lo que vino después ya no ocurrió aquí, pero se decidió aquí. Doña Lambra exigió venganza a su marido, y Ruy Velázquez la sirvió con una traición de manual: envió al padre de los infantes a Córdoba con una carta que pedía su ejecución, y condujo a los siete sobrinos a una emboscada. Los decapitaron a todos, y las cabezas se le presentaron al padre, cautivo.

Pero la historia no acaba ahí, y por eso es grande. En Córdoba, aquel padre prisionero tuvo otro hijo con una dama musulmana: Mudarra. Ese niño creció, vino al norte y vengó a sus siete hermanos matando a Ruy Velázquez y acabando con doña Lambra. Es exactamente lo que dice la placa del monumento.

¿Existió de verdad doña Lambra?

Es la pregunta obligada, y la respuesta honesta es que no se sabe. Lo curioso es que el propio monumento lo reconoce: la placa dice «entre la historia y el mito», y esa fórmula es de una prudencia poco habitual en la cartelería de pueblo.

Lo que sí es seguro es de dónde viene la historia. No es folclore suelto: procede de un cantar de gesta perdido, uno de los grandes de la épica castellana, que conocemos porque quedó prosificado dentro de las grandes crónicas medievales, empezando por la que impulsó Alfonso X el Sabio. Ramón Menéndez Pidal le dedicó un estudio clásico que sigue siendo la referencia.

Sobre el fondo histórico, los especialistas discuten. La leyenda se sitúa en el siglo X, en plena Castilla condal, y algunos de sus personajes tienen apellidos y linajes que existieron de verdad. De ahí a dar por buenos el cohombro, la emboscada y las siete cabezas hay un trecho enorme, y nadie serio lo recorre.

Lo que no admite duda es la huella: la historia se metió tan hondo en esta comarca que dejó marcada su toponimia, sus romances y sus monumentos. Este es uno de ellos.

¿Por qué Barbadillo del Mercado le dedica un monumento a doña Lambra si es la mala de la historia?

Esta es la pregunta que hace todo el mundo delante de la estatua, y tiene su gracia: doña Lambra es, en la leyenda, la instigadora de la matanza. La villana absoluta. Y el pueblo le levanta un monumento.

La respuesta es que el monumento no la celebra: la reclama. Doña Lambra es el personaje que ata a Barbadillo del Mercado con la gran épica castellana, y en un pueblo pequeño esa conexión vale mucho más que una moraleja. Renunciar a ella por incómoda sería tirar a la basura el único hilo que une esta villa con uno de los relatos fundacionales de la literatura en castellano.

Y hay algo más, que se nota en cómo está esculpida. La leyenda le da a doña Lambra un motivo: no mata por gusto, sino porque la humillan primero en su propia casa. Su personaje ha sido releído muchas veces —también como una mujer a la que la tradición cargó con toda la culpa de una guerra entre hombres—, y el monumento se apunta claramente a esa lectura: la representa digna, de pie y sin caricatura.

No la absuelve, pero tampoco la lincha otra vez. Y eso, para una figura que lleva mil años siendo la mala del cuento, ya es bastante.

Características

  • Accesible
  • Gratuito

El Monumento a Doña Lambra de Barbadillo del Mercado es un conjunto escultórico y arquitectónico de carácter conmemorativo, levantado en 1998 y atribuido al escultor Ricardo Santamaría, natural de Contreras. Está dedicado a doña Lambra, personaje de la leyenda de los Siete Infantes de Lara, a quien la tradición literaria sitúa como señora de esta villa. Se compone de un cuerpo pétreo en forma de torre almenada que enmarca una figura femenina exenta sobre pedestal, flanqueada por dos relieves y rematada por un escudo, con placa conmemorativa en el pedestal. A escasa distancia se dispone una fuente de arco de herradura con dovelas alternadas, integrada en el mismo espacio ajardinado. No es un monumento histórico: es una obra contemporánea de tema legendario, y como tal debe leerse.

Autoría, promoción y cronología

El conjunto fue levantado en 1998 y se atribuye al escultor Ricardo Santamaría. Ambos datos aparecen coincidentes en dos fuentes independientes —un portal turístico provincial y un sitio especializado en la leyenda de los Infantes de Lara—, lo que les otorga una fiabilidad razonable, si bien no se ha localizado documentación municipal que los confirme ni acta de inauguración.

La figura del autor está razonablemente documentada. Ricardo Santamaría era natural de Contreras, localidad del entorno comarcal, y trabajaba como tallista en madera y en piedra. La prensa recoge que falleció hacia 2005 —dato que se deduce de una información de 2008 que lo sitúa fallecido tres años antes— y que en octubre de 2008 su familia donó una veintena de obras al Ayuntamiento de Caleruega para constituir un museo, inaugurado el 11 de octubre de 2008, junto con quince fuentes y otros trabajos en piedra.

Su repertorio documentado comprende:

  • Talla costumbrista, con temas de las labores del campo.
  • Figuras de pájaros, señaladas como elemento característico de su obra.
  • Recreaciones históricas y legendarias, «especialmente los Siete Infantes de Lara».
  • Animales y canecillos de tipo románico.
  • Fuentes de piedra: se afirma que las seis fuentes principales de Caleruega están firmadas por él, además de relieves murales en su iglesia.
  • Bastones tallados, aprovechando las formas naturales de la madera.

Dos consecuencias se derivan de ese perfil y conviene consignarlas. La primera es que el monumento de Barbadillo no es una obra aislada ni un encargo ajeno a su trayectoria: la leyenda de los Siete Infantes figura expresamente entre los temas que el escultor trató de forma recurrente, lo que refuerza la atribución. La segunda afecta a la fuente contigua y se desarrolla más abajo.

No constan, en cambio, la entidad promotora —previsiblemente el Ayuntamiento, pero sin confirmación—, el coste de la obra, la fecha exacta de inauguración, el tipo de piedra empleado ni su cantera de procedencia. Tampoco se ha localizado ninguna referencia a un proyecto arquitectónico para el cuerpo que enmarca la escultura, que por su factura requirió necesariamente cantería y obra de fábrica además del trabajo de talla.

Descripción del conjunto

La descripción procede de observación fotográfica. No consta ninguna dimensión publicada: ni altura total, ni altura de la figura, ni dimensiones de los relieves.

El conjunto se organiza como un telón arquitectónico de sillería concebido como evocación de una torre almenada, con coronamiento de merlones y un escudo situado en el eje del remate. La elección tipológica no es ornamental: materializa el señorío que la leyenda atribuye al personaje sobre esta villa, sustituyendo la peana neutra de un monumento convencional por una arquitectura que sitúa a la figura en su condición de señora de un lugar fortificado.

Los elementos identificables son los siguientes:

  • Figura femenina exenta, de bulto redondo y en pie sobre pedestal prismático, tocada y con manto, resuelta en actitud serena y frontal. Carece por completo de los atributos de villanía con que la tradición ha caracterizado al personaje.
  • Dos relieves laterales, alojados en sendas hornacinas rectangulares con enmarque diferenciado en tono rojizo, dispuestos simétricamente a ambos lados de la figura. Constituyen la parte narrativa del conjunto. Las escenas que representan no han podido identificarse con la documentación disponible.
  • Banda superior corrida sobre la hornacina central, con elementos en relieve de lectura no resuelta, posiblemente epigráficos o emblemáticos.
  • Escudo de remate, en el eje y sobre el coronamiento almenado.
  • Placa conmemorativa aplicada al frente del pedestal.

El conjunto se asienta sobre un solado empedrado y se integra en un espacio ajardinado con cipreses y bancos, delimitado en su fondo por un muro de canto rodado. Existe además un panel interpretativo en el extremo del recinto, cuyo contenido no ha podido leerse.

Respecto al emplazamiento, las fuentes lo describen «situado en la entrada del pueblo». Las coordenadas lo sitúan dentro del casco urbano, a unos 57 metros de la iglesia de la Trinidad, en el sector oriental de la localidad.

La fuente contigua y su lenguaje formal

Inmediatamente a la izquierda del monumento, y formando con él una unidad visual evidente, se dispone una fuente monumental de piedra: un cuerpo prismático con hornacina de arco de herradura, caño y pilón o taza de planta circular, rematado por un pequeño tejadillo y un frontón.

Su rasgo formal determinante es el tratamiento del arco: las dovelas se disponen alternando tonos rojizos y claros sobre un arco de herradura. Esa combinación —arco de herradura con dovelaje bícromo alternado— constituye una cita directa e inequívoca del repertorio andalusí, y en concreto de la solución más reconocible de la arquitectura califal cordobesa.

La elección resulta coherente con el programa narrativo del conjunto. En la leyenda, el desenlace no llega de Castilla sino de Córdoba: es allí donde el padre de los infantes permanece cautivo, allí donde nace Mudarra de madre musulmana, y desde allí donde parte la venganza que cierra el relato. Una fuente en clave cordobesa junto a la figura de doña Lambra completa los dos polos de la historia. Debe subrayarse, no obstante, que esta lectura iconográfica es una interpretación de esta ficha y no consta en ninguna fuente.

Cabe además formular una hipótesis de autoría razonada: el repertorio documentado de Ricardo Santamaría incluye expresamente fuentes de piedra —se le atribuyen las seis principales de Caleruega—, lo que hace verosímil que esta pieza pertenezca al mismo encargo y a la misma mano. No consta confirmación alguna, y la comprobación pasa por el archivo municipal o por la búsqueda de firma en la propia obra.

Epigrafía: la inscripción del pedestal

La placa del pedestal presenta un texto que merece tratamiento propio por su formulación, inhabitual en la señalización monumental de ámbito municipal.

La inscripción identifica a doña Lambra como personaje situado «entre la historia y el mito», le atribuye el gobierno de la villa en la Alta Edad Media y la vincula a los acontecimientos que desembocaron en la traición a los Lara y la venganza de Mudarra, con referencia cronológica al siglo X.

Lo destacable no es lo que afirma, sino lo que se abstiene de afirmar. La fórmula «entre la historia y el mito» no presenta al personaje como histórico, sino que reconoce explícitamente su estatuto ambiguo. Se trata de una cautela historiográfica correcta —y coincidente con el estado actual de la investigación, según se expone más abajo— que contrasta con la práctica habitual de la cartelería conmemorativa, tendente a dar por buenos los relatos legendarios locales.

Debe advertirse que esta ficha no ofrece transcripción literal de la inscripción: la documentación fotográfica disponible permite su lectura general pero no garantiza la exactitud palabra por palabra. Una transcripción epigráfica precisa, a partir de fotografía frontal y con luz adecuada, es la laguna documental más fácil de cubrir de este monumento.

Fuentes literarias de la leyenda y estado de la cuestión sobre su historicidad

Puesto que el monumento conmemora a un personaje literario, el aparato crítico de la leyenda forma parte de su ficha técnica con el mismo derecho que sus materiales.

La historia procede de un cantar de gesta hoy perdido, integrante del núcleo de la épica castellana. Su texto no se ha conservado de forma directa: se conoce por prosificación en las grandes crónicas medievales, que lo incorporaron como material narrativo. Las vías de transmisión documentadas son:

  • La Estoria de España o Primera Crónica General, iniciada bajo el impulso de Alfonso X y compilada en el reinado de Sancho IV, con anterioridad a 1289.
  • La Crónica de 1344 o Segunda Crónica General, que introduce interpolaciones y variantes respecto a la versión anterior.
  • La Tercera Crónica General, fechada en 1512.

A ello se suma la tradición romancística, que fijó episodios concretos en composiciones autónomas, entre ellas el romance conocido como «Las quejas de doña Lambra».

La reconstrucción erudita del cantar perdido es obra de Ramón Menéndez Pidal, cuyo estudio fundacional, «La leyenda de los Siete Infantes de Lara», se publicó en 1896, con versiones ampliadas en 1934 y 1971. Sigue siendo la referencia obligada sobre el tema.

En cuanto a la datación del poema, la cuestión está abierta. Menéndez Pidal situó el cantar original hacia el año 990 o, en todo caso, antes del año 1000, lo que lo convertiría en poesía casi contemporánea de los hechos narrados. La investigación reciente discute esa cronología y ha propuesto situar el origen del relato en el siglo XIII, es decir, tres siglos después de los sucesos que refiere. La diferencia no es menor: determina si el cantar es memoria de unos hechos o construcción literaria retrospectiva.

Sobre la historicidad de los personajes, el estado de la cuestión es claro y debe consignarse sin ambigüedad. El propio Menéndez Pidal no logró encontrar evidencia histórica para la mayoría de ellos, y la investigación posterior los considera con carácter general figuras legendarias y no personajes históricamente verificados. Esto afecta directamente a doña Lambra: no existe documentación que acredite su existencia, y la fórmula empleada en la placa del monumento resulta, en consecuencia, técnicamente acertada.

El papel narrativo de Barbadillo del Mercado en la leyenda es, en cambio, preciso. La villa figura como heredad del matrimonio formado por doña Lambra y Ruy Velázquez, con el palacio situado en las proximidades del Arlanza, y es el escenario del episodio del cohombro: el lanzamiento por un criado de un cohombro ensangrentado contra Gonzalo González, el menor de los infantes, y la muerte de ese criado a manos de los hermanos cuando buscaba amparo bajo las faldas de la señora. Ese doble agravio es el desencadenante narrativo de toda la secuencia posterior. El monumento conmemora, por tanto, no a un personaje histórico local, sino la vinculación de la localidad con un episodio central de la épica castellana.

Titularidad, conservación y protección

El conjunto se localiza en espacio público urbanizado, de acceso libre, permanente y sin restricción, sin cerramiento ni control. La titularidad y el mantenimiento corresponden previsiblemente al Ayuntamiento de Barbadillo del Mercado, si bien no consta confirmación documental.

El estado de conservación observable es correcto, sin pérdidas ni desprendimientos aparentes. Se aprecian los procesos habituales en escultura pública a la intemperie: ensuciamiento superficial, colonización biológica incipiente en las zonas más umbrías y depósitos de suciedad en molduras y retranqueos. La ubicación bajo cipreses, si bien acertada desde el punto de vista paisajístico, favorece la retención de humedad y la acumulación de materia vegetal, factores que aceleran la colonización por líquenes y musgos sobre la piedra. No constan intervenciones de limpieza ni de mantenimiento documentadas.

En materia de protección patrimonial no procede plantear catalogación alguna: se trata de una obra de 1998, y no consta ni cabe esperar declaración de Bien de Interés Cultural ni inclusión en inventario. Su conservación depende exclusivamente del mantenimiento municipal ordinario, no de un régimen de tutela patrimonial. Esta circunstancia, lejos de ser irrelevante, es la habitual en la escultura pública contemporánea de ámbito rural y explica que este tipo de obras carezca con frecuencia de expediente, memoria y documentación de autoría, como sucede aquí.

Características

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